Niños sin mentiras

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¿Cómo podrá un niño ser recto ante Dios, si no ha practicado la rectitud con sus padres? ¿Qué tarea tan importante es la que tenemos como la de proteger a nuestros hijos contra la tentación a mentir (ofrecer batalla de vida o muerte contra la mentira cuando se muestra en ellos) y permitir que cualquiera otra cosa encuentre cabida en ellos antes que este creciente amor por las tinieblas?

Por consiguiente, y ante todo, ¡que la mentira no sea hallada en nuestras bocas! Nuestra veracidad hacia nuestros hijos es un deber tan alto como el que ellos tienen hacia nosotros. Nunca dejemos nuestras promesas y amenazas sin cumplir. Cuando contestamos sus preguntas hagámoslo con seriedad, de modo que puedan depender de nuestras respuestas. Eso es lo que crea en ellos un amor por la verdad.

La capacidad de expresar fe en el alma de un niño es una herencia sagrada. Dios le ordena al hombre creer. La fe y la confianza es una virtud como lo es la gratitud. El escepticismo, la duda y la ingratitud no son virtudes. Infortunadamente, vivimos en una generación que considera que el escepticismo es una señal de conocimiento y aun de superioridad moral. En muchas universidades, se aplica hábilmente el escepticismo a las cosas santas. ¡Hágase maestro en escepticismo! Es la herramienta del diablo. El esceptisismo graba en el carácter la desconfianza, la sospecha, la calumnia, y un continuo negativismo.

La modestia es otra virtud principal. Los padres deben vigilarla en sus hijos. Deben emplear medios razonables para asegurar el cultivo de la modestia, estableciendo y manteniendo normas sobre vestuario, la conducta y la manera de hablar. La exhortación y la oración no son suficientes. Sin embargo, después de toda nuestra vigilancia, debemos mirar a Dios para que obre un milagro continuo de protección divina en medio de la crisis moral que vivimos.

Cuando la inmodestia halla lugar en la imaginación, ahuyenta al Espíritu Santo. Es el terreno oculto del moderno descontento y de la moderna incredulidad. Pues cuando el Espíritu de Dios se ha ido, entonces la verdad y la fe se van, y también la paz. Parece que nuestra generación ha llegado a ser casi “a prueba de golpes”. Las inmodestias más insultantes en materia de vestuario, y en la forma de hablar, se introducen insolentemente en nuestros hogares, en nuestras escuelas, y aun en la iglesia, teniendo como única reacción un fruncimiento del ceño. Aquí es donde los padres deben instruir a sus hijos con gran cuidado y paciencia, enseñándoles con la norma de modestia que es propia de un niño o niña cristianos.

Por Ap. Enrique Torra

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