El ginécologo que trajo a luz el lavado de manos

En los dos últimos siglos la esperanza de vida se ha multiplicado varias veces gracias a los avances tecnológicos. 

Este año se conmemora el 200º aniversario del nacimiento de Ignaz Semmelweis (1818-1865), el médico húngaro que introdujo en la práctica médica el lavado de manos durante los partos.

El doctor Semmelweis fue un ginecólogo que trabajó en el hospital general de Viena, cuando esta ciudad era la capital del imperio austro-húngaro. A mediados del siglo XIX la tasa de mortalidad por fiebre puerperal –infección adquirida por la parturienta- tenía una tasa de mortalidad que oscilaba entre el 11 y el 30%.

El galeno húngaro detectó que las salas obstétricas con mayor mortalidad eran aquellas en las que los médicos y los alumnos que realizaban los partos venían de realizar autopsias. En aquellos momentos se desconocía la existencia de microbios y, mucho menos, que se pudiera contraer infecciones por el simple contacto.

Semmelweis intuyó que si la higiene de los médicos mejoraba tras la práctica de las autopsias, quizás la mortalidad de las parturientas se redujera. Sus contemporáneos se llevaron las manos a la cabeza. 

Hacia mediados del siglo XIX, -anota Charles Volcy en un artículo recogido por Iatreia- en la maternidad vienesa fallecían más del 13% de las mujeres que daban a luz, lo que se traduce en cerca de 700 muertes al año. Poco antes de incorporarse a la clínica, en julio de 1846, el propio Semmelweis reconocía perplejo que en un solo mes habían perdido la vida por esa causa 36 de 208 madres.

Con la simple introducción del lavado de manos con una solución de cloruro cálcico consiguió reducir la mortalidad de las salas de ginecología por debajo del 3%. Semmelweis atribuyó al descenso a la eliminación de unos «corpúsculos necrópsicos», habría que esperar dos décadas para que Pasteur y Koch iniciaran la senda de la microbiología y se empezara a hablar de bacterias.

Su irrefutable verdad chocó frontalmente con el prejuicio de los ginecólogos vieneses que siguieron mostrándose escépticos, y rechazaron la práctica propuesta por el galeno húngaro. El director del hospital –el doctor Johann Klein- enfurecido, lejos de encumbrarle decidió no renovarle el contrato, al no ver con buenos ojos sus ideas revolucionarias.

La comunidad científica y el colegio de médicos condenaron abiertamente sus aberrantes teorías y Semmelweis cayó en el más oscuro ostracismo. En 1856, acorralado y ofuscado, publicó una carta abierta a todos los profesores de ginecología del momento. La encabezaba un calificativo que no gustó en absoluto: «¡Asesinos!».

Aquello fue la gota que colmó el vaso. El galeno fue encerrado en un psiquiátrico, en donde se lastimó la mano con un escalpelo en unos de sus múltiples ataques de rabia. La herida se infectó, y el  acabó falleciendo a consecuencia de una sepsis, la enfermedad contra la que había luchado en cuerpo y alma durante las últimas décadas de su vida.

Fuente: Pedro Gargantilla, abc.es

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