Lo que Dios ha unido, ningún hombre puede separarlo III

Los cristianos cuando contraen matrimonio necesitan reconocer que al hacer los votos en el nombre del Señor Jesucristo, aceptan una norma matrimonial diferente de la que es permitida por las autoridades civiles.

La estimación mutua, y una correcta comprensión del lugar que Dios le ha asignado a cada uno, son las condiciones primarias de la felicidad en el matrimonio.

Estimar a su cónyuge es verle como más que un individuo, es verle como uno que ha sido colocado por Dios en una posición sagrada.

Estimamos a la persona que ocupa un alto puesto público, a causa del respeto que tenemos por su cargo. Cuánto más debiéramos estimar a la persona que ha sido colocada junto a nosotros en el matrimonio; pues el ser designado “esposo” o “esposa” por Dios es entrar en una posición de la más alta dignidad y confianza en Su Reino.

La estimación es un elemento esencial del amor. Si está ausente, el amor deja de ser amor; lo que queda es una mera pasión.

La estimación mutua protege a un matrimonio para que no caiga víctima de los inevitables altibajos que habrá de encontrar. Si la ternura y consideración de un esposo por su esposa dependen de la apariencia de ella o del modo en que él se siente en un día determinado – Si el respeto de la esposa por el esposo fluctúa de acuerdo con el estado de ánimo de ella, o del juicio que ella tiene en cuanto a si él está satisfaciendo normas y expectativas – Ese matrimonio esta sobre terreno poco firme.

El amor ha llegado a ser la víctima de caprichos y sentimientos pasajeros. Dios espera que el amor en el matrimonio descanse sobre un fundamento más estable. Ese fundamento es una consideración de la posición en la cual el cónyuge ha sido colocado por Dios.

La Palabra de Dios dice: “Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene al Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas”. Colosenses 3:18-19.

Fuente: Ap. Enrique Torra

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