La enseñanza de nuestros hijos comienza con una instrucción cabal

Lo que los padres deben preguntarse repetidamente no sólo es, ¿estoy haciendo lo correcto?, sino ¿estoy haciendo lo correcto en relación con este niño? ¿Está mi enseñanza ayudando a instruir a este niño en el camino en que él debe andar?

La Biblia dice: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Proverbios 22:6 

La enseñanza de nuestros hijos comienza con una instrucción cabal. Debe ser instrucción sobre modales en la mesa, en atarse los cordones de sus zapatos, en los valores morales, en conducir el automóvil. Paciente y amorosamente debemos enseñar a nuestros hijos lo que esperamos ver en ellos. 

Es responsabilidad de los padres el preocuparse de que su hijo entienda exactamente lo que se espera de él. ¡El no solamente debe entender mentalmente; sino que debe ser ayudado y se le debe mostrar cómo ejecutar correctamente una orden, cómo puede realizar una buena labor! 

Esto es especialmente cierto al tratar de crear ciertos buenos hábitos de trabajo. La gran mayoría de los padres son culpables de dar órdenes sin hacer el esfuerzo correspondiente para mostrar y enseñar exactamente cómo deben ejecutarse. 

El tiempo y el esfuerzo que se gastan en la fase inicial ahorrarán horas de tiempo perdido a causa del hábito de trabajar descuidadamente. 

Un padre no tiene derecho de esperar diligencia y buen desempeño en su hijo si es que él como padre no ha invertido tiempo y esfuerzo para instruir al hijo cabalmente.

Como padres, somos responsables de impartir la instrucción a nuestros hijos; la descendencia que el Señor nos ha permitido procrear, son la viña que Dios nos ha dado para que la cuidemos con el fin de que produzca buenos y abundantes frutos.

Nuestros hijos son la tierra fértil donde cada semilla que se siembre producirá los frutos ya sean buenos o malos, todo depende de la clase de similla que plantamos en ellos. 

La Biblia dice: “No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra. El que siembra para agradar a su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza cosechará destrucción; el que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna”. Gálatas 6:7-8 (NVI)

Fuente: Apóstol Enrique Torra

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