¿Cómo podemos cultivar la vida espiritual del niño en la familia?

Si se cuenta con dirección adecuada no son cosa difícil de conseguir, y ellas son el fundamento de la vida cristiana. Esto debe comenzar con los mismos padres. En ellos debe estar profundamente enraizado un aborrecimiento profundo por el engaño, la incredulidad y la inmodestia. Enseguida debe impartirse a los niños. Cuando estas tres virtudes han echado raíz en el niño, cualquier padre tiene el más grande consuelo al contemplar que sus hijos crecen y dejan el hogar.

La mentira y el esconder la verdad son reconocidos por los niños como pecado. Son diferentes que las faltas comunes de la niñez. No nacen de la precipitación, de la falta de razonamiento, ni de los deseos impulsivos. Son practicados con premeditación, con astucia y con cálculo frío. La mentira por consiguiente, merece un castigo más pesado que la codicia; ya que es un pecado de orden superior.

Toda mentira es un pecado, pero el pecado es mayor en proporción a la autoridad de la persona a quien se dice la mentira. Una mentira a los extraños… a los hermanos… a los padres, los mismos niños reconocen en ésta una graduación de la falta. Una mentira a los padres es lo más significativo, pues la dignidad de los padres es lo más sagrada; su derecho a demandar la verdad es superior a todos.

¿Por qué manifestar una actitud tan severa hacia la mentira? A causa de su tremenda implicación en la vida espiritual. En todos aquellos que perecen, la mentira es la verdadera base de su condenación. “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que las luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Más el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” Juan 3:19-21. El mandamiento del Señor es: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros” Efesios 4:25; “…porque ninguna mentira procede de la verdad” 1 Juan 2:21

El destino eterno del hombre se decide en aquellas profundidades del corazón en donde la mentira y la verdad están en conflicto la una con la otra.

Fuente: Apóstol Enrique Torra

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