El dolor de la vara

Respeto por el orden y la autoridad que aprende un niño en la edad temprana casi no le significan molestia. 

El dolor de la vara, dura nada mas que unos minutos. Si la lección no se aprende en esta época de la vida, entonces tendrá que aprenderse en una época posterior, por otros medio y a costa de mayor dolor. Tarde o temprano, cuando solicite el ingreso a la universidad con un bajo promedio de notas, cuando sea despedido del trabajo porque constantemente desafía la autoridad del jefe, cuando pierda un ascenso por sus hábitos descuidados de trabajo, tarde o temprano, tiene que aprender lo que un padre responsable pudo haberle enseñado antes de que tuviera doce años. En los primeros doce años de vida un niño debe aprender a través de la disciplina justa que le apliquen sus padres. 

No podemos por medio de la psicología hacer que un niño tenga una actitud alegre y positiva hacia la disciplina. “Ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” Hebreos 12:11. 

Los padres debieran tener su ojo adiestrado para mirar hacia el futuro, y dejarse de estar tratando de ganarse popularidad con sus hijos. 

Lo que el hijo pueda pensar de los padres en el contexto inmediato de la disciplina es relativamente poco importante. Lo que su hijo habrá de pensar de usted de aquí a veinte años es la cosa que cobra mayor seriedad.

“Yo tuve la madre mas desconsiderada del mundo”, escribe una ama de casa, que ahora a su ves esta criando una familia propia. “Mientras que otros chiquillos comían caramelos de desayuno, yo tenía que tomar cereal, huevos y tostadas. Cuando otros tenían gaseosas y confites al almuerzo, yo debía comer un sándwich. Como usted podrá adivinar, mi cena era también diferente a la de los otros niños. Pero por lo menos yo no estaba sola en mis sufrimientos. Mi hermana y dos hermanos tenían la misma madre desconsiderada que yo. Mi madre insistía en saber donde estábamos todo el tiempo. Usted habría podido imaginarse que estábamos condenados a cadena perpetua.

Ella tenía que saber quienes eran nuestros amigos y que estábamos haciendo. Ella insistía que si decíamos que estaríamos de vuelta en una hora, que volviéramos en una hora o menos, no después de la hora. Estoy casi avergonzada de confesarlo, pero ella nos pegaba de veras. No una vez, sino cada vez que hacíamos lo que nos venia en gana”. Este es el relato de aquella madre que recuerda su infancia.

Fuente: Apóstol Enrique Torra 

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