Distinguir entre sumisión y servilismo

“Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor”. (Efesios 5:21-22) “Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas” (Colosenses 3:18-20).

En la relación de las parejas, es importante distinguir entre sumisión y servilismo. Una esposa que ve que el juicio de su esposo es erróneo o imprudente, debiera decírselo con todo respeto, pero libre y sinceramente. El juicio, sabiduría y opinión de una esposa es uno de los más grandes bienes que puede tener un hombre.

Le libra de muchos errores absurdos, y como esposo es un privilegio y responsabilidad recibir el consejo de su esposa. La esposa que dice tranquilamente: “Haz lo que te parezca mejor” sin ofrecer jamás una opinión aun cuando vea que su esposo está llevando la familia a tribulaciones, no está siendo sumisa, sino neciamente servil.

Ella debe expresarle a él su opinión francamente y con tanta energía como pueda, sin dejar de lado su respeto, pero tampoco escondiendo sus sinceras dudas acerca de una decisión particular. Cuando ella ha hecho esto, entonces puede dejar que la decisión descanse en su marido, confiada en que Dios le dará buen juicio.

La sumisión no es un asunto de mera forma externa, sino de actitud interior. Una esposa puede ser una persona de fuertes opiniones, aun hasta llegar al punto de expresarlas, y todavía ser sumisa a la autoridad de su marido, si es que en lo más íntimo ella lo respeta y está completamente preparada y contenta de que él sea quien tome la decisión final.

Por otra parte, una esposa que escasamente abre la boca para expresar sus opiniones, que nunca discute las decisiones de su esposo, y que está lista a aplicar todos los esquemas de él sin importarle si son absurdos, puede estar alimentando interiormente una profunda y repentina rebelión.

Tarde o temprano Dios la pondrá en situación en que esto se manifestará abiertamente y ella tendrá que enfrentar la situación, pues Dios está interesado en la condición de nuestro corazón y no meramente en nuestra conducta externa.

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