El desconocido origen de Pilato

Poncio Pilato, gobernador de Judea, es una de las figuras históricas mejor documentadas de su tiempo, aunque poco se sabe sobre su vida antes de asumir el cargo, al que llegó gracias a la influencia de su amigo Lucio Elio Sejano, confidente del emperador Tiberio. Si bien «Pilato» es la forma más aceptada de su nombre, la Real Academia Española también reconoce «Pilatos».

La existencia histórica de Pilato está respaldada por monedas acuñadas con su nombre y una inscripción en una posible estatua suya, descubierta en las ruinas del teatro romano de Cesarea Marítima, una ciudad fundada por Herodes el Grande entre los años 25 y 13 a.C. Además, diversas fuentes literarias, como los escritos del filósofo judío Filón de Alejandría, el historiador Flavio Josefo y los evangelios bíblicos, hacen referencia a su gobierno.

Filón describe a Pilato como «inflexible, testarudo y cruel». Durante su mandato en Judea, permitió la colocación de escudos móviles con inscripciones en honor a Tiberio en Jerusalén, lo que provocó la indignación de los judíos, quienes consideraron esta acción una violación de su ley. Ante la amenaza de una revuelta y la intervención directa de Tiberio, Pilato fue obligado a retirar los escudos.

Otro incidente significativo durante su gobierno fue la construcción de un acueducto financiado con fondos del templo de Jerusalén. Aunque los sacerdotes inicialmente se negaron a proporcionar el dinero, finalmente cedieron bajo ciertas condiciones. Sin embargo, cuando la noticia se hizo pública, se desataron protestas masivas que Pilato reprimió brutalmente enviando soldados disfrazados para sofocar la revuelta.

Sin embargo, la imagen de Poncio Pilato que nos ofrece el evangelista Marcos es diametralmente opuesta a la que dan de él Filón y Josefo. En el evangelio que lleva su nombre, Marcos nos presenta a un hombre débil que, presionado por los judíos, y a pesar de no encontrar nada que lo justifique, se ve obligado a condenar a muerte a Jesús. Marcos construye una historia en la que la muerte de Jesús en la cruz, una forma de ejecución terrible, reservada solamente a los traidores a Roma, es un montaje orquestado por los propios judíos para acabar con la vida de un personaje que les resultaba incómodo.

Marcos cuenta que, tras ser condenado por el Sanedrín, Jesús es conducido ante Pilato, el cual no ve motivo alguno para condenarlo. Marcos narra en su evangelio, que Pilato tenía la costumbre de liberar a un preso durante la fiesta de la Pascua judía, y que dio a escoger a la multitud entre el propio Jesús y un rebelde (posiblemente un zelote) de nombre Barrabás. Como es bien sabido, la multitud eligió a Barrabás.

Los evangelios cuentan asimismo que Pilato ordenó la flagelación de Jesús antes de su ejecución, pero los autores no se ponen de acuerdo en los motivos de esa decisión. En todo caso es Mateo el responsable de narrar que Pilato se lava las manos ante los allí presentes y exclama: «No soy responsable por la sangre de este hombre. Allá vosotros. Yo me declaro inocente de la muerte de este justo». A lo que la multitud responde, sin pensar en las consecuencias: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes».

De acuerdo con algunos historiadores, después de la crucifixión de Jesús de Nazaret, Pilato continuó actuando con brutalidad, ordenando la ejecución de galileos que ofrecían sacrificios en el Templo y reprimiendo violentamente a samaritanos en el monte Gerizim. Estas acciones provocaron tal indignación que una delegación judía apeló al emperador Tiberio, quien destituyó a Pilato para mantener la paz en Judea. Pilato regresó a Roma con la esperanza de ser reinstalado por el sucesor de Tiberio, pero Calígula lo exilió en la Galia, donde finalmente murió.

Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC

Compartir