Conclusiones de la accidentada cumbre del Clima en Brasil
En las tres décadas que se llevan celebrando estas reuniones anuales, que buscan forjar un consenso global sobre cómo evitar y manejar el calentamiento global, esta será recordada como una de las más divisorias.
Muchos países se indignaron cuando la COP30 que ha tenido lugar en Belém, Brasil, terminó el sábado sin siquiera mencionar los combustibles fósiles que han recalentado la atmósfera.
Esto desató la protesta de delegaciones como la de Colombia, que llevó incluso a suspender temporalmente la sesión plenaria de clausura al alegar que no se habían escuchado sus objeciones al acuerdo.
Pero otras naciones -particularmente las que tienen más que ganar de su continua producción- se sintieron reivindicadas.
La cumbre resultó ser un baño de realidad sobre hasta qué punto se ha derrumbado el consenso global sobre qué hacer sobre el cambio climático. El resultado más importante que salió de la COP30 es que el «barco» del clima sigue a flote.
Pero muchos de los participantes están insatisfechos de que no lograron siquiera acercarse a lo que querían.
Y, a pesar del gran apoyo a Brasil y al presidente Luis Inácio Lula da Silva, hay frustración con la manera en que manejaron este encuentro.
Desde el comienzo se vio una gran brecha entre lo que quería logar el presidente Lula con esta reunión y lo que el presidente de la COP, André Corrêa do Lago, pensó que era posible.
Así pues, Lula habló de hojas de ruta para abandonar los combustibles fósiles ante el puñado de líderes mundiales que llegaron a Belém antes del inicio oficial de la COP.
La idea fue respaldada por una serie de países, entre ellos Reino Unido y, en unos días, ya había una campaña para incluir esta hoja de ruta dentro de las negociaciones.
A Do Lago no le entusiasmó. Su meta estaba en el consenso. Él sabía que forzar el tema de los combustibles fósiles en la agenda crearía una ruptura.
Si bien el texto inicial del acuerdo hacía unas referencias vagas a elementos que parecían una hoja de ruta, éstas desaparecieron en solo días, para no regresar jamás.
Colombia y la Unión Europea, con unos 80 países más, trataron de encontrar algún tipo de lenguaje que señalara un paso más firme para alejarse del carbón, petróleo y gas.
Para encontrar un consenso, Do Lago convocó lo que se conoce en Brasil como mutirão, una especie de discusión en grupo.
Eso empeoró las cosas.
Los negociadores de los países árabes rehusaron participar en las charlas con quienes buscaban un camino para abandonar la energía de combustibles fósiles.
Los principales productores trataron a la UE con indiferencia.
«Nosotros creamos la política energética en nuestra capital, no en la suya», les expresó un delegado saudita en una reunión a puerta cerrada, según un observador.
Para salvar su dignidad, Brasil salió con la idea de crear hojas de ruta sobre la deforestación y los combustibles fósiles que existirían al margen de la COP.
Estas fueron aplaudidas efusivamente en las salas del plenario, pero su estatus legal es incierto.
Por primera vez, el comercio global fue uno de los temas clave de estas conversaciones. Hubo un esfuerzo «orquestado» por abordarlo en cada sala de negociación, según Alden Meyer, un observador veterano de la COP del centro de análisis E3G.
¿Eso qué tiene que ver con el cambio climático?
La respuesta es que la Unión Europea planea aplicar un impuesto fronterizo a ciertos productos de altas emisiones de carbono como el acero, fertilizantes, cemento y aluminio, pero muchos de sus socios comerciales -especialmente China, India y Arabia Saudita- no están muy contentos con eso.
Afirman que no es justo que un gran bloque comercial imponga una medida que ellos consideran «unilateral» que volverá más caros los productos que ellos venden en Europa y, por lo tanto, los hará menos competitivos.
Los europeos responden que eso no es cierto, porque la medida no apunta a reprimir el comercio sino a reducir los gases que calientan el planeta para controlar el cambio climático.
Ellos ya le cobran a sus propios productores una tarifa por las emisiones que crean y explican que el impuesto fronterizo es una manera de protegerse de las importaciones extranjeras que son menos consideradas con el medio ambiente, pero más baratas.
Si no quieren pagar nuestro impuesto fronterizo, arguyen, simplemente cóbrenles tarifas de emisión a sus industrias contaminantes, recauden ustedes mismos el dinero.
A los economistas les gusta la idea, porque cuanto más caro cueste contaminar, mayor probabilidad habrá de que optemos por energías alternativas más limpias. Sin embargo, naturalmente, también significa que pagaremos más por los productos que contienen materiales contaminantes.
El asunto se resolvió aquí en Brasil con las clásicas concesiones de la COP, aplazando las discusiones para conversaciones futuras.
Fuente: BBC
