El árbol que elimina hasta 98% de los microplásticos del agua

Un estudio reciente concluye que las semillas del árbol Moringa oleifera pueden igualar o superar a químicos convencionales en la eliminación de microplásticos de PVC, considerados de los más dañinos para la salud.

Este hallazgo abre la posibilidad de incorporar soluciones más sostenibles y menos contaminantes en las plantas de tratamiento de agua.

Durante décadas, diminutas partículas de plástico han ido acumulándose en ríos, lagos y otros sistemas hídricos de todo el planeta. Estas proceden, entre otras fuentes, del desgaste de neumáticos, restos de pintura, fibras textiles y envases plásticos que se degradan con el tiempo. Su presencia representa un riesgo creciente, aunque muchas veces pase desapercibido, debido a su tamaño microscópico y a su capacidad para infiltrarse en el medio ambiente.

En 2024, la Unión Europea reforzó los mecanismos de control sobre la presencia de microplásticos en el agua potable. Sin embargo, investigaciones recientes han advertido de que las partículas más pequeñas, precisamente las que tienen mayor facilidad para atravesar barreras biológicas como el intestino y alcanzar el torrente sanguíneo o distintos órganos, podrían no estar siendo detectadas eficazmente por los sistemas actuales de filtrado.

El uso de la moringa en la purificación del agua combina tradición y sostenibilidad. Se cree que ya en el Antiguo Egipto se empleaban sus semillas para reducir la turbidez y eliminar bacterias. Hoy, este árbol vuelve a ganar protagonismo gracias a sus múltiples ventajas: crece con rapidez, resiste bien la sequía, requiere pocos recursos y, además, contribuye a la captura de carbono. Su capacidad para prosperar en suelos degradados y favorecer la biodiversidad refuerza su valor como solución ecológica. No es casual que se le conozca como el «árbol milagroso», ya que también se utiliza en nutrición, medicina y cosmética.

El interés por la moringa se intensifica ante el problema creciente de los microplásticos. Estas diminutas partículas no solo pueden afectar a la salud, sino que también actúan como vehículos de otras sustancias tóxicas, facilitando su entrada en la cadena alimentaria. Para eliminarlas, en Europa se utilizan métodos físicos y químicos, siendo uno de los más comunes el sulfato de aluminio o alumbre.

Aunque eficaz, el alumbre presenta inconvenientes. Un uso inadecuado puede elevar la concentración de aluminio en el agua, lo que se ha vinculado a posibles problemas neurológicos. Además, su empleo genera grandes cantidades de lodos difíciles de gestionar y con potencial contaminante. A esto se suma el impacto ambiental de su producción, que implica minería a cielo abierto y un elevado consumo energético.

Fuente: EL DEBATE

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