2025: Los riesgos para la economía colombiana

Durante 2025, la economía colombiana debería mostrar una dinámica superior a la del año que termina. La gran mayoría de los expertos coincide en que el mayor crecimiento previsto estará relacionado con una mejora de la demanda de los hogares y un desempeño aceptable de la inversión en un contexto de tasas de interés a la baja.

Tales pronósticos vienen acompañados de múltiples mensajes de cautela. El motivo es que hay una serie de riesgos al alza a los cuales es obligatorio prestarles atención para no llevarse sorpresas desagradables. Y esas amenazas se perfilan tanto en el frente externo como en el interno, por lo cual no hay otra opción que subir la guardia.

Semejante combinación de anhelos y alertas sugiere que los meses que vienen serán agitados en materia económica. Por tal motivo, quienes saben de estas cosas aconsejan apretarse los cinturones con miras a la travesía, pues el viaje apunta a ser turbulento.

Debido a ello, hay que ir más allá de un par de pronósticos, sin desconocerlos del todo. Por ejemplo, unos días atrás, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) sostuvo que la expansión del Producto Interno Bruto del país pasaría de una tasa del 1,8 por ciento en 2024 a 2,6 por ciento en el calendario que viene. Tras un bienio de estar por debajo del promedio regional, volveríamos a ubicarnos ligeramente por encima.

La economía nacional se parece a esos enfermos cuyos signos vitales empiezan a mejorar, pero a los cuales hay que cuidar para evitar una recaída. Es verdad que en 2024 las cosas acabaron siendo un poco mejores de lo que se pensaba en enero, pues tanto el crecimiento terminó estando por encima de los cálculos iniciales, como la inflación redujo su ritmo de forma notoria.

Aparte de esos logros, el desempleo también disminuyó, al igual que el déficit externo, que unos años atrás llegó a ser muy elevado. Sectores como la agricultura sacaron la cara, por cuenta –entre otras– de la buena marcha del café, cuya producción subió casi un 20 por ciento en medio de una bonanza de cotizaciones internacionales.

Ante esa evolución, los técnicos, comenzando por los del Banco de la República, llegaron a hablar de un futuro más holgado. Puesto de manera simple, la expectativa era que cierta tranquilidad en la marcha de los precios permitiría que el Emisor bajara las tasas de interés, lo cual abarataría el crédito e impulsaría la demanda interna. Lograr un crecimiento cercano al tres por ciento anual en 2025 no sonaba descabellado hasta hace poco.

Sin embargo, de unas semanas, para acá, el viento empezó a cambiar de dirección. Desde el ámbito político, nunca llegó la moderación de la retórica gubernamental que unos cuantos esperaban, ni mucho menos la firma del gran acuerdo nacional que habría permitido la construcción de consensos.

Si algo marcó el final de las sesiones legislativas en la tercera semana de diciembre, es que la distancia entre Ejecutivo y Congreso es cada vez más grande. Lejos de tender puentes, la Casa de Nariño elevó sus ataques, con lo cual queda en entredicho el paso de varias de sus reformas bandera.

No hay duda de que la prueba inicial del rompimiento se dio durante la discusión del proyecto de ley que buscaba definir el presupuesto nacional de 2025. Por primera vez en la historia republicana reciente, la falta de acuerdo en las cámaras condujo a una situación inédita como la expedición de la norma por decreto.

Detrás de la medida se encuentra además un dolor de cabeza mayúsculo, como es el gran deterioro de las finanzas públicas. La combinación de un desplome de los ingresos estatales y un mayor apetito de gasto hará que el déficit este año supere con creces al del 2023 y que la administración Petro pueda llegar a incumplir el límite establecido por la regla fiscal.

Incluso si –a punta de eliminar partidas a última hora– el Ministerio de Hacienda consigue cuadrar las cuentas del ejercicio actual, lo que sigue es todavía más difícil. Numerosos técnicos han insistido en que los recaudos del año que viene están inflados, por lo cual habría que hacer un tijeretazo de decenas de billones de pesos desde ya para sincerar las cifras y enviar un parte de tranquilidad.

Semejante petición se encuentra con un Presidente que cuestiona la ortodoxia, justo cuando la campaña electoral calienta motores. Hacer que triunfe la austeridad mientras el Pacto Histórico busca mantenerse en el poder –lo cual exige responder a las expectativas del electorado– será una labor titánica.

Aparte de lo anterior, están las crisis que se insinúan y amenazan con poner en problemas a la economía. El listado lo encabeza la salud que, en un caso extremo, comprometería a millones de usuarios y amenazaría con crear una cascada de impagos entre los eslabones de la cadena, que podría extenderse a otros renglones.

No menos importante es lo que pasa con la energía. Por una parte, el país dejó de ser plenamente autosuficiente en gas natural, con lo cual deberá importar parte de sus necesidades a precios que llegan a cuadruplicar los internos. Establecer cómo se distribuyen las cargas no será fácil y menos dentro de un marco institucional debilitado.

Más desafiante todavía es la adecuada provisión de electricidad, pues el margen entre capacidad existente de generación y demanda es cada vez más estrecho. Una sequía prolongada o el daño de una planta podrían obligar a hacer cortes de luz, con secuelas negativas sobre la producción, el consumo y el bienestar social.

Fuente: PORTAFOLIO

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